http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Rodr%C3%ADguez_Mart%C3%ADnez
Julio Rodríguez Martínez fue Doctor en Ciencias y en Farmacia por la Universidad de Madrid, catedrático de Cristalografía
y Mineralogía en la Universidad de Salamanca y en la
Universidad Autónoma de Madrid, de la que también fue
rector1 Estuvo vinculado al partido
Fuerza Nueva, de
Blas Piñar.
Miembro del
Opus Dei, procurador en Cortes entre 1971
y 1977, fue nombrado Ministro de Educación del gobierno de
Carrero Blanco el 9 de junio
de 1973. Tras el asesinato del almirante fue cesado poco después, el 3 de enero
de 1974
http://iesonoies.wordpress.com/2010/03/31/veraneo-sin-suspensos-la-extravagante-historia-del-verano-que-duro-siete-meses/.
El año 1973 cien mil estudiantes españoles que acababan de terminar
el bachillerato tuvieron, por orden del Ministerio de Educación, siete
meses de vacaciones de verano: desde mayo de ese año hasta enero del
año siguiente. Un nombramiento atolondrado, un excéntrico ministro, una
decisión tomada sin consultar a nadie y un atentado terrorista se
conjuraron para que tal cosa sucediera una sola vez, para pasmo de
profesores, padres, ciudadanos en general y del propio gobierno
franquista, y sobre todo, para regocijo de los estudiantes que aquel año
pasaron unas inolvidables vacaciones de siete meses, las más largas que
recuerde la historia de la educación española en tiempos de paz.
Esta es la semiolvidada y verdadera historia de cómo tuvo lugar esa
conjunción de sucesos, de cómo nadie hizo nada por evitarlos, y de cómo
se salió del embrollo académico a golpe de decreto. Pónganse cómodos
porque la historia es larga de contar.
Corría el año 1973 y el régimen de Franco estaba moribundo. El Generalísimo decide nombrar presidente del gobierno a
Carrero Blanco. Un cambio en la presidencia implicaba hacer movimientos en los ministerios, de manera que
Villar Palasí,
que se encontraba al frente del de Educación y Ciencia, fue cesado. Su
sucesor, por orden de Carrero Blanco, fue Julio Rodríguez Martínez, sin
duda el ministro de educación más extravagante y disparatado que ha
conocido la reciente historia educativa española, un insospechado
Paladín del Estudiantado y firme candidato a Santo Patrón de las
Vacaciones.
Todo parece haberse iniciado en una confusión. Franco consultó su lista
de ministrables y he hizo llamar a uno de ellos… pensando que estaba
llamando a otro.
No debiera de extrañarnos que la historia fuera cierta: los cambios de
gabinete eran constantes durante el franquismo, y tenían como objetivo
mantener el equilibrio de las diferentes familias del régimen, de forma
que no siempre se escogía un ministro por sus idoneidad para el cargo.
En todo caso, y según consta
en la página del Congreso
don Julio fue ministro de Agricultura varias veces, pero como si la
carambola fuera una constante en su vida, lo fue siempre por ausencia
del titular. Sin duda donde demostró sus dotes visionarias fue en el
Ministerio de Educación y Ciencia, donde entró a trabajar el 9 de junio de 1973.
Ya en su nuevo despacho, el señor Julio, nada menos que Catedrático de
Cristalografía, Mineralogía y Mineralotecnia, maquinó una de las medidas
más delirantes que se recuerden en la administración educativa
española, por otro lado tan dada a los desatinos: la decisión de hacer
coincidir el calendario escolar con el
año natural. Según su particular
calendario revolucionario,
el curso comenzaría en enero, después de la fiesta de los Reyes Magos,
y terminaría en diciembre, antes de navidades. No sabemos si don Julio
lo previó o no, pero el caso es que eso implicaba que cien mil
bachilleres tendrían unas vacaciones de verano de siete meses. Nunca los
estudiantes preuniversitarios debieron estar tan agradecidos a un
ministro de educación.
Para evitar contratiempos que entorpecieran sus planes subversivos
Julio Rodríguez decidió aprovechar el efecto sorpresa. En una entrevista
al diario ABC del
29 de agosto de 1973, y en otra en La Vanguardia
el 11 de septiembre, el ministro todavía aseguraba que el
plan piloto afectaría sólo a las universidades de Málaga, Extremadura y
la cuarta de Madrid, todavía sin crear. Además,
según cuentan las crónicas
(2), en reciente Consejo de Rectores se había tratado todo el asunto, y
no se había aprobado, si no más bien habían acordado estudiarlo con más
calma. Fue entonces cuando el original ministro de educación decidió
falsificar las actas de la reunión, simulando que el Consejo daba su
visto bueno a la operación. Cuando en el siguiente Consejo del 22 de
septiembre todo el mundo se dio cuenta del engaño la Orden ministerial
ya estaba a punto de ser aprobada. No había
plan piloto: Julio tenía la decisión tomada, y el nuevo calendario se aplicaría a toda la universidad española.
En un histórico
BOE del 29 de septiembre de 1973
se publica la Orden del día 27 anterior, que determina la aplicación
inmediata del nuevo plan, llamado desde entonces con mofa
calendario juliano.
Merece la pena echar un vistazo a la exposición de motivos de esa
Orden del 27 de septiembre, un ejemplo de cómo la autoridad absoluta,
si pierde el control, puede convertirse en inesperadamente transgresora:
Con el fin de proporcionar más y mejor educación
universitaria, ha de constituirse un sistema educativo que desarrolle al
máximo la capacidad de todos y cada uno de los alumnos, mediante la
racionalización de algunos aspectos del proceso educativo, aunque para
lograrlo deban someterse a revisión algunos esquemas tradicionales.
Fiel a esta idea, se adopta en la presente Orden la medida de
política educativa consistente en modificar, con carácter experimental,
el tradicional calendario universitario adecuando el año académico al natural, con el convencimiento de que con ello se contribuye a hacer realidad la parte esencial y más noble de la reforma educativa: La calidad de la enseñanza.
Conviene detenerse un momento en esas penetrantes ideas de don
Julio: la calidad de la enseñanza como motivo principal de la reforma,
la
revisión de esquemas tradicionales, vuelta a la naturaleza… ¿Cabe un ministro más
hippie? Pues no se pierdan lo que viene a continuación:
En el orden sociológico, dado el derecho de todo ciudadano de un tiempo dedicado al descanso,
el sistema que establece permite que todos los alumnos puedan tener su
periodo de vacaciones veraniegas obviando los inconvenientes, en este
aspecto, de la estructura actual del curso académico, que motiva que los alumnos menos dotados o en los que confluyan circunstancias de la más variada índole no tengan realmente vacaciones, porque cumplido el actual periodo lectivo deben proseguir su preparación para los exámenes de septiembre.
En la Orden del 27 de septiembre descubrimos al Julio más sensible:
se acuerda con cariño los suspendedores, tiene en cuenta los menos
dotados, acoje en su seno a los desfavorecidos por la suerte, vindica
el descanso estival como un derecho humano inalienable… La Orden del
BOE se completa con una disertación acerca de la conveniencia de
adecuar el año presupuestario y el académico (suponemos que, dado su
amor por el descanso, para facilitar la vida a los administradores
universitarios), así como la idoneidad de hacer coincidir el año
castrense con el escolar (aquí vemos la faceta antimilitarista de don
Julio, empeñado en no distraer a los alumnos con fruslerías
cuarteleras). No son de despreciar otras medidas de honda inspiración
humanitaria: el diseño de unos cómodos plazos de implantación (se
comenzaría por primero de carrera) y la previsión, en la disposición
7.1, de cursos de recuperación para los alumnos que quedaran
descolgados por culpa de los cambios del calendario (¡qué candidez!). Ni
el anarquista
Paul Lafargue,
en sus sueños más húmedos, hubiera soñado con tan nobles principios. Y
es que del carácter sensible del ministro ya se tenían noticias
gracias a su
vena poética.
Histórico BOE del 29 de septiembre de 1973,
instaurando el calendario juliano.
(pulse en la imagen para ampliarlo).
Para disimular sus actividades descaradamente contraculturales Julio
decidió expedientar a unos cuantos catedráticos y profesores de
universidad, blandiendo como excusa “la Libertad basada en la Autoridad
escrita con mayúscula” (todo un eslogan de clara inspiración ácrata),
aunque luego les perdonó (3). La confusión propia de los regímenes en
descomposición y el sacrosanto respeto a la autoridad se aliaron para
que don Julio se saliera con la suya sin rendir cuentas a nadie. La
revolución estaba en marcha y nada ni nadie podía pararla.
Las universidades aplicaron la medida sin ningún entusiasmo. En
efecto, la Orden ministerial era de inmediato cumplimiento para todo el
sistema universitario español, si bien sólo para primero de carrera.
Los que ese año pasaban del bachillerato a la Universidad habrían de
esperar a enero siguiente para ponerse a estudiar de nuevo: ¡¡siete
meses, siete, de vacaciones por la patilla!! ¡¡Y así todos los años al
terminar el bachillerato!! Los
testimonios
de la época muestran el alborozo con que fue recibida la medida. Ese
año por primera vez en la historia miles de bachilleres españoles
disfrutaron de unas largas vacaciones, casi eternas, obligatorias y por
orden gubernativa.
El cambio generó, como queda dicho,
airadas quejas
en la Universidad. Incluso entre el levantisco estudiantado, que tal
vez por aquello de disimular, también protestó. El caos provocado por la
precipitada entrada en vigor del nuevo calendario fue aprovechado por
los alumnos con mayor conciencia política antifranquista para montar
bulla en los campus, dado que no tenían nada mejor que hacer durante un
trimestre entero: el tiempo libre que el nuevo calendario les daba lo
dedicaron a protestar… contra el nuevo calendario. Es evidente que
algunos no entendieron el giro progresista que estaba dando el ministro.
Muchos alumnos, en su despiste, se portaron tan mal que desde el
aparato del Estado se comenzó a pedir la cabeza del indomable Julio
Rodríguez: en el contexto político de la época, suponemos, provocar
algaradas universitarias era un grave error de cálculo político, pues
uno de los núcleos más activos contra el régimen era precisamente la
Universidad.
Entonces mataron a Carrero Blanco y se terminó el largo verano de la
anarquía: muerto su valedor don Julio recibió un cese fulminante, y el 3
de enero de 1974 abandonó el Ministerio tras seis intensos meses de
trabajo, motivo por el cual pasó a ser llamado “Julio el Breve”. Nunca
sabremos si don Julio tenía preparada otra Orden ministerial
revolucionaria declarando vacaciones eternas para los estudiantes de
todos los niveles, desde la EGB hasta el Tercer Ciclo.
Al parecer el señor ministro había negado el saludo al cardenal
Tarancón durante el funeral de Carrero (suponemos que siguiendo sus
convicciones políticas ultrafranquistas afines al Opus Dei o, tal vez,
por solidaridad con los cien mil estudiantes que gracias a su
perspicacia seguían de vacaciones de verano en pleno mes de diciembre).
El gesto desairado le valió caer en desgracia ante parte de la cúpula
tardofranquista. Pero ese no parece ser el único semáforo en rojo
que se saltó el señor ministro. Las medidas propuestas durante su
breve mandato fueron algo más que polémicas:
No hay que olvidar que la etapa de ministerio de
Julio Rodríguez había sido tan excepcional en cuanto a las medidas
universitarias adoptadas, que sus decisiones adquirieron un gran
descrédito, incluso en los medios más adeptos al régimen y en los
círculos gubernamentales y de la administración. (Fuente: Universidad de Alcalá).
Imágenes de la época:
don Julio destaca por su altura en el minuto 0:58
y en el 2:42 aparece sentado a la derecha de Arias Navarro.
En ambos momentos está disimulando
que es un underground infiltrado en el régimen.
Como relevo de nuestro simpático libertador fue nombrado nuevo ministro
Cruz Martínez Esteruelas,
un gris abogado nada amigo de la flojera estudiantil: dando un giro a
la gestión del ministerio impulsó la odiada selectividad y cerró la
Universidad de Valladolid por desórdenes públicos, entre otras medidas
antisubversivas. Y derogó el bendito
calendario juliano.
Esteruelas firmó el ominoso
decreto 198/1974 de 25 de enero
que devolvía las calendas a su cauce y la tristeza a los corazones de
los estudiantes. Llama la atención, de nuevo, la exposición de motivos,
en la que pone a caer de un burro a su predecesor:
Al fijar con carácter experimental un calendario para las Universidades adecuado al año natural se proponía
una mejora sustantiva en el rendimiento de la docencia que,
necesariamente, quedaba subordinada a las posibilidades reales de la
Universidad (…) [además] se producía una solución de continuidad -con discriminación en el calendario y un trimestre poco utilizable- entre los estudios medios y el comienzo de los universitarios que (…) se ha revelado infructuoso, en lo que coiciden las consultas realizadas. En segundo lugar, el calendario escolar -cuya unidad exige la ley- no puede separarse del funcionamiento general de la vida social del país.
En definitiva, el nuevo ministro está llamando panoli al anterior, le
está acusando de saltarse la ley a la torera, de hacer perder el tiempo
a los bachilleres, de haber descalabrado el calendario de exámenes, de
haber hecho las cosas sin preguntar a nadie, de haber descoordinado a la
universidad española respecto a la extranjera (cosa que en aquella
época no debía ser nada difícil), de no haber mejorado nada y de haber
empeorado todo. Y por si esto fuera poco, el nuevo ministro da la
estocada definitiva a la anterior reglamentación sugiriéndole a su
predecesor que los experimentos los hiciera en su casa y con gaseosa:
Las ansias innovadoras lógicas en busca de una mayor perfección, y establecidas con carácter experimental, se han encontrado con realidades, como son las razones expuestas, que aconsejan volver al calendario por cursos escolares (…).
De esta guisa el nuevo calendario quedaba anulado cuando solamente
llevaba unos días funcionando. Eso sí, por el camino quedó dilapidado
un trimestre universitario entero. Es evidente que cuando aumentan las
vacaciones es porque el curso ha quedado reducido proporcionalmente. Que
sepamos nunca se recuperó el tiempo perdido, para mayor gloria de la
calidad educativa y nuevo regocijo estudiantil (y, suponemos,
profesoril).
Ominoso decreto 194/1974,
derogando el calendario juliano.
(pulse en la imagen para ampliarlo).
En cuanto a Julio Rodríguez Martínez, pese a su breve estancia de
seis meses en el ministerio tuvo el valor de escribir un libro sobre su
experiencia:
Impresiones de un ministro del almirante Carrero Blanco (
aquí se puede leer en primicia el primer capítulo).
Ya como ex-ministro, y en una entrevista en ABC [
parte 1,
parte 2]
don Julio reflexiona con melancolía sobre el pasado e insiste en la
necesaria reforma del calendario escolar. La entrevista no tiene
desperdicio, y es una nueva expresión de amor por los estudiantes:
ABC: ¿No eran unas innovaciones excesivamente radicales?
JRM: Yo pienso que la única forma de erradicar la
subversión de la Universidad es reforzar la autoridad académica. La
modificación del calendario se hizo a modo experimental, entre otras
razones porque había que impedir que en octubre entraran cien mil nuevos alumnos
en las aulas, cifra para la que la Universidad no estaba capacitada.
Otra razón era la de adecuar el año académico al año económico y tender a un veraneo sin suspensos.
Pero sucede que, aunque nos consideremos muy aperturistas y europeos,
cuando intentamos introducir, aunque sea a modo experimental, una
modificación en las costumbres, nos rasgamos las vestiduras. (4)
Los estudiantes españoles deberían canonizar a este hombre, el único
ministro de educación de la historia de España que ha reclamado una
canícula libre de exámenes, enfrentándose para ello a una caterva de
reaccionarios incapaces de aceptar la modernidad y la innovación
pedagógica y perdiendo el cargo por por su heroísmo. Para argumentar tan
noble fin echaba mano incluso de la Inmaculada Concepción, una razón
tan digna como cualquier otra para tener a cien mil alumnos de
vacaciones durante siete meses:
ABC: Pero, ¿se basaba esta experiencia en alguna ya producida en el extranjero?
JRM: No se basaba más que en la observación y el
estudio de nuestra realidad, de los supuestos de la Universidad y la
vida académica española. Tampoco hemos tenido que seguir al extranjero
para el descubrimiento de América o para definir el dogma de la
Inmaculada.
Y como don Julio nunca decepciona, la guinda la pone hacia el final de la entrevista:
ABC: ¿Mantiene usted contacto con Cruz Martínez Esteruelas [el nuevo ministro de Educación]?
JRM: Le ofrecí mi colaboración si la precisaba al
recibirle en el Ministerio. Pero no tengo contacto. No ha debido
precisar mi ofrecimiento.(…)
Lo que no sabemos es de qué se extrañaba don Julio, pues es destino de los visionarios caer en el descrédito.
Y llegamos al final de nuestra investigación. El ministro más
dicharachero que ha pasado por la educación española, Julio Rodríguez
Martínez, apóstol de los suspendedores,
moriría a principios de 1979 en Santiago de Chile,
donde estaba visitando a su amigo Pinochet, dejando así huérfanos a
todos los estudiantes de España. Fue enterrado en Motril, y su reforma
cayó en el más injusto de los olvidos. Nadie ha propuesto nombrarlo
Santo Patrono de las Vacaciones, algo que perfectamente se merecería,
aunque fuera, como siempre, por simple carambola.
_______________________
Nota: la presente investigación se ha hecho por sugerencia de una
compañera de trabajo que recuerda haber vivido con alegría aquellos
siete meses de asueto, y que tuvo el privilegio de pertenecer al selecto
curso 1974/74. Valga esta larga historia para recordarnos que estos
tiempos de extravagancias educativas no son nuevos. Es evidente que
cuando los disparates aflojan la soga del estudiante duran menos que la
nieve en agosto.
Algunas fuentes consultadas:
(1) AAVV,
Crónica de un sueño, Centro de estudios andaluces, Sevilla, 2005, página 30.
(2) Alberto Carrillo Linares:
Subversivos y malditos en la Universidad de Sevilla, Centro de estudios andaluces, Sevilla, 2008, página 377.
(3) Ídem, página 379.
(4) Entrevista en ABC del 16 de diciembre de 1974. Hemeroteca ABC,
parte 1,
parte 2 [PDF: ojo, que tarda en descargarse].