martes, 9 de febrero de 2016
1.353,5 mMILLONES DE EUROS DILAPIDADOS EN LOS FARTÓDROMOS DEL PRINCIPADO
¿Y SI PREGUNTO MOLESTO?
Juan Antonio Quirós, ayer, en el Museo Arqueológico de Asturias. LA NUEVA ESPAÑA Quirós: "Un plan integral del Prerrománico no debe considerar sólo los monumentos" El profesor defiende un análisis global, que tenga en cuenta las aldeas y su capacidad para "explicar la verdadera Historia del Reino de Asturias" Oviedo, M. S. MARQUÉS Juan Antonio Quirós, ovetense del 68 y catedrático de Arqueología de la Universidad del País Vasco, apuntó ayer algunos matices al plan anunciado por el Principado para la gestión del Prerrománico, porque entiende que el Reino de Asturias va más allá de la arquitectura, la acción de los reyes y la aristocracia. Para el profesor, detrás de esa parte de la historia monumental, hay otra "absolutamente olvidada que está empezando a emerger, la que es capaz de explicar la verdadera historia de los monumentos", que no es otra que la red de aldeas extendidas por todo el territorio, núcleos rurales donde "se crean las bases de población que alimentan el propio Reino y que generan la base económica que permite financiar los monumentos y toda la estructura política". Es esa otra realidad, a veces muy lejana, de lo que ocurre en la Monarquía, pero que permite conocer el funcionamiento interno de los pueblos, la que Quirós quiere salvar. Desde ese punto de vista, defiende que un "plan integral del Prerrománico debería considerar más variables que los monumentos", porque hay otros "elementos materiales de gran relevancia histórica que no han sido reconocidos ni monumentalizados y que requieren un esfuerzo colectivo para dar sentido a lo que llamamos Reino de Asturias, o Prerrománico asturiano". Porque, para Quirós, las coordenadas con las que se forma el Reino de Asturias no están en los templos ni en los palacios, éstos no son sino consecuencia de algo: "el punto de llegada de una dinámica histórica más compleja, que arranca, efectivamente, en los campos y en los lugares modestos". Juan Antonio Quirós participó ayer con la conferencia "Vivir en la época del Reino de Asturias: casas, aldeas y cultura material" en el ciclo organizado por la Consejería de Cultura en el Museo Arqueológico de Asturias para celebrar los 30 años de inclusión del Prerrománico en la lista de Patrimonio Mundial. Sin desmerecer una arquitectura monumental, orgullo de los asturianos, el profesor subrayó la importancia de conocer también la vida de quienes, de alguna manera, contribuyeron a que esos edificios fueran lo que son. En ese apartado tienen un lugar prioritario el campesinado y las aldeas, no en vano entre el 95 y el 97 por ciento de los asturianos de la época vivían en pequeños pueblos. "Esa vida que llamamos tradicional ha sufrido una transformación gigantesca a lo largo de estos mil doscientos años", afirma. Y es ahora cuando, a través de la arqueología, está empezando a emerger una historia absolutamente olvidada, la que Quirós considera capaz de explicar "la verdadera historia de los monumentos". Por eso opina que un análisis integral del Prerrománico, y de lo que supone para Asturias y nuestro paisaje, debería tener "un enfoque más integral" y tener en cuenta también los restos de estas aldeas, que "son mucho más frágiles y están sometidas a transformaciones brutales". En ese sentido, defiende labores arqueológicas como las de Vigaña (Belmonte) y Villanueva (Santo Adriano), donde se constata que gran parte de los pueblos asturianos tienen su origen en la alta Edad Media y forman el tejido a partir del que se va a construir el Reino de Asturias. Eran aldeas similares a las actuales, pero con viviendas muy diferentes, algunas se levantaban únicamente sobre postes de madera, con bodegas excavadas, comenta Quirós, que apunta una economía básicamente agraria con diversidad de cultivos y ganadería vacuna. "Hay continuidad, pero también transformaciones muy importantes", subraya. EL COMENTARIO Y LAS PREGUNTAS Pues muy bien, nada que objetar a la noble tarea de sacar a la luz la historia olvidada del pueblo más allá de los reyes, magnates y clero. Me ha llamado poderosamente la atención el siguiente párrafo: " donde se constata que gran parte de los pueblos asturianos tienen su origen en la alta Edad Media y forman el tejido a partir del que se va a construir el Reino de Asturias." ¡Vaya! así que tienen su origen en la alta Edad Media y no en la "romanización atlántica" ¡Muy interesante!. ¿Y si pregunto molesto? y aquí vienen las preguntas. Todos Vds saben que doña Otilia anda pidiendo una limosnita después de que todos estos carpantas, zipayos y paracaidistas hayan dilapidado 1353,5 millones de euros en sus fartódromos Yo quisiera saber si el estudio de las clases populares ha sido un impedimento para proteger los palacios de los reyes habidos y por haber en Madina Mayrit pues reciéntemente he estado ahí y los tienen como los chorros del oro. ¿Ha sido un impedimento el estudio de las clases populares de los reinos de Castilla, Navarra, Aragón etc, etc para conservar con decoro el legado histórico/arquitectónico de tales monarquías? ¿Es que esta Albania del Cantábrico es el epicentro de los unicums? Sorprendente que no haya aparecido aquí lo de Iruña Veleia. Ya tenemos bastante con el únicum de "la romanización atlántica cantoblanquiana" desconocida en Bélgica, Britania, Gallia atlántica, Germania, etc, etc como para ahora utilizar como escudo "el estudio de las clases populares del reino de Asturias" al objeto de tener como escoria, cucho y basura los monumentos de nuestros reyes-caudillos, volados con dinamita y bombardeados con artillería por el P.S.O.E en 1934. No digo yo que sea la intención del señor Quirós pero por si acaso ya pongo la venda antes de la herida porque podemos esperarnos cualquier treta, cualquier ardid de toda esta tropa de zampabollos enchepado en las espaldas del pueblo.
sábado, 12 de diciembre de 2015
CÉSAR GARCIA DE CASTRO PROPINA UNA ESTOCADA A LOS EXALTADOS ROMANISTAS

Sobre las posibles influencias que dieron lugar a los edificios levantados por los monarcas asturianos hay varias teorías, aunque el arqueólogo no tiene duda de que son "completamente posromanos. "En eso estamos de acuerdo todos"
LA NUEVA ESPAÑA
De Castro: "Santa María del Naranco la hace un genio de inspiración multiforme"
El arqueólogo destaca la calidad constructiva del Prerrománico y dice que un edificio como Santullano es impensable en el mundo anglosajón
Oviedo, M. S. MARQUÉS Como una arquitectura y una orfebrería "sin parangón" definió César García de Castro el arte de la monarquía asturiana, la entidad política que impulsó la construcción en Asturias de más de doscientos templos prerrománicos de los que, salvando los 15 edificios que se conservan en la actualidad, apenas quedan vestigios, aunque muchas iglesias mantengan parte de las estructuras u otros elementos originales como es el caso de Sariego y San Martín de Argüelles. Así lo sostiene el arqueólogo César García de Castro Valdés, que ayer habló de "El arte Prerrománico y el reino de Asturias, significado histórico y artístico" en el Museo Arqueológico de Asturias.García de Castro se refirió en su conferencia a las distintas interpretaciones desarrolladas a lo largo de la historia para documentar los orígenes del Reino de Asturias, para acabar cediendo el protagonismo al arte Prerrománico por el que el público se mostró más interesado. Entusiasmo no le faltó al arqueólogo a la hora de hablar de una arquitectura "de calidad indiscutible" en la que ve "una voluntad y uniformidad de proyecto y una disciplina de uso". Como ejemplo, expuso que en ninguna de las iglesias hay una sola tumba lo que evidencia que no es solo diseño lo que entrañan las construcciones sino que hay una estructura política tras ellas. "La monarquía asturiana es una entidad que se mantiene firme durante dos siglos, que sorprende por su resistencia, y esa misma solidez se puede aplicar a la arquitectura".
El resultado son construcciones de calidad indiscutible, "con un mortero de primerísima calidad y revocos que tienen 1200 años y están como el primer día. La estructura no es parangonable". Son solo algunos de los elogios que García de Castro dedicó a edificios como el de Santullano, "impensable por su calidad en el mundo anglosajón". Y fue más allá, porque aseguró que si alguien quisiera encontrar algo así en el resto de España "no lo encontraría", lo que interpreta como "autoconciencia de calidad y valor indiscutible".
Sobre las posibles influencias que dieron lugar a los edificios levantados por los monarcas asturianos hay varias teorías, aunque el arqueólogo no tiene duda de que son "completamente posromanos. "En eso estamos de acuerdo todos", comenta, aunque admite que hay diferencias porque en algunas basílicas es claro mientras que otras siguen distintos modelos. Citó al profesor Gómez Moreno, para quien Santa María del Naranco es un antecedente del modo románico de construir. Discrepa de esta interpretación porque cree que el profesor entendió mal el arte asturiano, "Para él era un arte trufado de godo, carolingio y bizantino y no español". García de Castro tiene, sin embargo, una opinión bien distinta: "El que hace Santa María del Naranco es un genio, pero la hace inspirándose, es un fenómeno de creación desarrollado a partir de una inspiración multiforme", comenta.
Para el arqueólogo, es asombroso imaginar cómo se genera un volumen como Santullano en un lugar donde no hay nada previo, solo campesinos. Por eso no descarta la posibilidad de que viniera "formado de fuera y, si es así, de dónde", se pregunta. El templo "no se parece a nada", aunque quizá en cuanto a las técnicas constructivas tenga algo que ver con lo que se está excavando en Mérida.
En los siglos IX y X estaban concienciados de que la obra propia es superior a la ajena. Lo explica centrándose en San Salvador de Valdediós, donde no hay ningún material o elemento aprovechado, todo se hace ex profeso, como también se observa en Priesca, lo que demuestra que había calidad artística suficiente para abastecer cualquier proyecto.
Ese virtuosismo queda demostrado con la Biblia del siglo IX o las cruces que conserva la catedral de Oviedo. Para García de Castro desvelan el poder de atracción de los mejores que tenía la monarquía asturiana. "La Biblia de Oviedo no copia a las carolingias, es al revés, son éstas las que copiaron a la asturiana, y las cruces europeas tampoco resisten la comparación con la de la Victoria". Para finalizar, una duda: Cómo una Corte que es incapaz de acuñar moneda pudo concitar la presencia de destacados orfebres y teólogos. Quizá lo explique el hecho de que Alfonso III "tenía conciencia de que estaba llegando al final de los tiempos, a la victoria absoluta".

Sí, estamos llegando al final de los tiempos, a la victoria total sobre los embustes y las maquinaciones romanistas fabricadas de forma frenética en las pocilgas de CANTOBLANCO. Y aunque lograrán destruir al Prerrománico Asturiano, para su verguenza patrimonio cultura de la humanidad, jamás podrán hacer pasar los monumentos de nuestros grandes reyes-caudillos por un miserable arte provincial romano. ¡Qué grande es García de Castro!
viernes, 4 de diciembre de 2015
SIEMPRE INVICTA ALEMANIA NOS AVALA
Alfonso I incorporó al Reino de Asturias, según la "Crónica de Alfonso III": Asturias, Primorias (nombre que designaba al extremo oriental de la actual Asturias), La Liébana, Transmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias (que comprenden la parte norte de Castilla) y la parte marítima de Galicia. La citada "Crónica" emplea para referirse a ello el verbo "populare", que algunos historiadores, encabezados por Sánchez-Albornoz, interpretan literalmente como que pobló esos territorios con los cristianos que trajo del Sur de las tierras asoladas, mientras que otros siguen a Ramón Menéndez Pidal, para quien ese verbo tiene aquí el significado de organizar, es decir, articular ese territorio en la dependencia del Reino de Asturias. La "Crónica Albeldense" no habla de esa repoblación y se limita a constatar que extendió el reino de los cristianos.
Historia de Primorias:
La Crónica de Alfonso III nos dice que durante el reinado de Alfonso I (739-758), hijo que fue de Pedro, Duque de Cantabria, y marido de Ermesinda, hija de Pelayo, se poblaron las comarcas de "Asturias, Primorias, Liébana, Transmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias que ahora se llaman Castilla, y la parte marítima de Galicia".En esta descripción, Primorias aparece como una región comprendida entre Asturias y Liébana. La mayoría de los especialistas coinciden en considerar que las Primorias fueron el solar originario del Reino de Asturias, es decir, el territorio en el que Pelayo mantuvo su resistencia armada contra los musulmanes entre los años 718 y 722 hasta culminar su gesta con la victoria de Covadonga.
Al haber pertenecido al núcleo originario del Reino de Asturias, el valle de Sajambre formaba parte, junto con las tierras vecinas, de la antigua región conocida en la época de Alfonso I como Primorias.
LA MEMORIA BORRADA DE NEPOCIANO
La "Sebastianense" cuenta que a la muerte de Alfonso "es elegido para el reino Ramiro, hijo del príncipe Vermudo". Estaba entonces ausente, en la provincia de Vardulia (norte de Castilla), en busca de esposa. Aprovechando su ausencia, "Nepociano, conde de palacio, usurpó ilegítimamente el reino. Y así Ramiro, cuando supo que su primo Alfonso había partido del mundo y que Nepociano se había hecho con el trono, se metió en la ciudad de Lugo, en Galicia, y se hizo con el ejército de toda la provincia. Más, después de un breve espacio de tiempo, hizo irrupción en Asturias. Nepociano le salió al paso junto al puente del río Narcea, tras reunir una tropa de asturianos y vascones. Y abandonado sin tardanza por los suyos, se dio a la fuga y fue apresado por dos condes, a saber, Escipión y Sonna, en el territorio de Primorias (zona de Cangas de Onís). Fue cegado en castigo y encerrado en un monasterio".
miércoles, 25 de noviembre de 2015
SIGNA MILITARIA CANTABRORUM
PROYECTO MAURANUS
Un artículo de: Eduardo José Peralta Labrador
Desde la época de la denominada Transición Política se ha ido consolidando en nuestra tierra a nivel popular la creencia de que la bandera llamada “Lábaro cántabro” sería una antiquísima enseña que se remontaría a tiempos de los cántabros, confundiéndola con los motivos geométricos astrales de la estela discoidea de Barros adoptada como símbolo del escudo regional por los gobiernos autonómicos de aquellos años. ¿Pero cuál es el verdadero origen y antigüedad de dicha bandera? ¿Era una enseña nacional cántabra, como algunos piensan?
La asociación ADIC, principal impulsora del reconocimiento oficial de la llamativa y lograda bandera que comentamos, editó en 2007 un tríptico en el que dejaba bien claro que se trataba de una recreación actual puesto que desconocemos cómo era la enseña original de la Antigüedad, y allí diferenciaban perfectamente el estandarte Cantabrum del Labarum del emperador Constantino I. Me consta que gente cualificada como Jose Angel Hierro y Jesús Maroñas asesoraron dicha publicación informativa. El primero de ellos ha recopilado mucha información al respecto y el segundo preparó incluso un interesante trabajo no publicado sobre la cuestión. Como uno de los primeros defensores de esa bandera por su carga simbólica en mis años juveniles, vaya por delante que las líneas que siguen lo que pretenden es reunir los datos disponibles sobre el auténtico Cantabrum y dar respuesta a ciertas incursiones académicas en la materia.
Hace años traté parcialmente en mi tesis sobre el estandarte militar que las fuentes antiguas llamaban Cantabrum, tema del que también se han ocupado múltiples autores con mayor o menor acierto ya desde el siglo XVI. Hay también dos artículos recientes sobre dicha enseña, que son los de 2008 del inolvidable D. Joaquín González Echegaray, y de 2010 del profesor de la Universidad de Murcia Sabino Perea Yébenes. Por mi parte, retomo ahora el tema con algunos nuevos datos para matizar y ampliar lo que anteriormente dije al respecto en mi obra sobre los cántabros aprovechando la oportunidad que Chángel y Quique me brindan de dar a conocer lo que sigue en su blog Proyecto Mauranus, donde el primero de ellos acaba de publicar un riguroso primer trabajo sobre las banderas de Cantabria.
El estandarte llamado Cantabrum
Sabemos por dos autores latinos de finales del siglo II d.C. que existió en el ejército romano una enseña militar denominada Cantabrum, y no Lábaro. Se trata de Marco Minucio Félix (Dialogus Octavius) y de Quinto Florens Tertuliano (Ad Nationes y Apologeticum), apologistas cristianos de cuyas vidas trató en detalle D. Joaquín González Echegaray en su clarificador estudio sobre el cantabrum y el labarum. Ambos se refieren en sus obras a la veneración y al culto que se rendía en los campamentos romanos a las enseñas militares, algunas cruciformes como los vexilos y los cántabros, que describen como paños adornados que pendían de un asta y un travesaño dorados. No dan más información sobre la forma o el color de esos paños colgados o en qué se diferenciaban unos de otros (¿por algún tipo de emblema o la forma de la tela?). Los textos de ambos autores lo que pretendían era hacer ver a los paganos que ellos también reverenciaban a la cruz inconscientemente al rendir culto a los estandartes militares cruciformes. Sus textos, para los que utilizo la precisa traducción de mi colega Jose Angel Hierro Gárate -que innumerables eruditadores informáticos le han copiado descaradamente sin citar- son los siguientes:
Tertulianus, Apologetycum, P. IV, C. XVI, 8
Codex Theodosianus 14.7.2 (3h), en De Collegiatis
Recientemente se ha propuesto añadir a esta serie de testimonios otra inscripción votiva de Panonia Superior. Fue encontrada en 1824 en Topusko (Croacia), pero actualmente está desaparecida y se considera falsa. Se interpretó como consagrada a una diosa Cantabria: CANTABRIA / SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN (“Monumento sagrado a Cantabria, sus guardianes”), lectura que dieron cuantos autores me precedieron y que yo mismo recogí haciendo alusión a las serias dudas existentes sobre la autenticidad de la pieza. Sobre ella Perea ha planteado una mueva lectura del epígrafe: CANTABRIS/ SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN, es decir “Consagrado a los (estandartes llamados) cántabros, sus centinelas”, lo que cuadraría bien con el culto a las enseñas militares y a su custodia en el santuario (aedes) existente en los principia (sede del mando de la unidad y centro administrativo y religioso) de todos los fuertes auxiliares o legionarios. Cabe objetar que la lectura de la primera línea que nos transmiten las publicaciones del siglo XIX claramente es Cantabria y no Cantabris, y que nada podemos concluir con seguridad sobre tan problemático e inencontrable epígrafe.
En la misma zona de Croacia (Colonia Flavia Siscia, actual Sisak) se acuñaron en época de Galieno (segunda mitad del siglo III d.C.) monedas con la leyenda IO CANTAB (Iovi Cantabrorum) en las que la divinidad aparece representada con atuendo militar, fulmen y cetro o báculo (no lanza o estandarte como creía Perea). Gilbert Heuten fue el primero en considerar ya desde 1937 que este dios pudo ser el numen de los estandartes llamados cantabra antes que un Júpiter adorado allí por soldados cántabros, interpretación asumida y ampliada por Lawrence Okamura, para el que las acuñaciones de Siscia dedicadas a un marcial Júpiter de los cántabros (estandartes) serían en agradecimiento a la divinidad que había ayudado a las unidades portadoras de los cantabra (vexillationes) a defender los Balcanes de las invasiones bárbaras y de los usurpadores romanos. Ramón Teja recoge la interpretación de estos autores, pero Sabino Perea, que interpreta igualmente la leyenda monetal en el sentido de “Júpiter de los estandartes llamados cantabra”, olvida citar a todos los autores que plantearon esto antes que él.
Finalmente, aquejado Perea según todos los síntomas de un agudo
ataque de cantabrofobia, remata su artículo con gruesas y rotundas
afirmaciones que parecen haber sido la razón principal de su escrito: El
estandarte cantabrum no tenía nada que ver con los cántabros, no
existió una diosa Cantabria, los cántabros no fueron buenos soldados,
su resistencia a Roma y su bravura son exageraciones, en Cantabria no
hubo que dejar por ello guarniciones de control a diferencia de Asturia,
los cántabros no tenían caballería ni apenas suministraron auxiliares
por su escasa valía militar y nada tienen que ver con ellos la maniobras
llamadas “cántabras” que adoptó la caballería romana (y si fue así
entonces es anecdótico y carece de importancia), y las dos cohortes
auxiliares cántabras conocidas sucumbieron en combate y sus nombres
desaparecieron ignominiosamente (curiosas deducciones porque no
conocemos la historia de dichas unidades).
Afirmar hoy en día que no hubo guarniciones romanas en Cantabria ni resistencia de los indígenas silenciando todos los campamentos romanos, asedios y castella sobre castros que se han descubierto y excavado en Cantabria, en el norte de Castilla y también en el territorio de los astures es un perfecto disparate y una deliberada tergiversación motivada por cuestiones ajenas a lo científico. Tan sólo una profunda ofuscación puede hacer “olvidar” también que muchos años después de la guerra tres legiones seguían acantonadas en el norte de Hispania para controlar a cántabros y astures (Estrabón, III, 3, 8. Tácito, Annales, IV, 5, 1), y que la IV Macedónica permaneció en el sur de Cantabria durante más de 60 años hasta su partida a Germania en el 43 d.C. Son realidades científicas tan incontrovertibles y sobre las que existe tan abundante bibliografía que no me detendré en ellas.
Caso diferente es el de las alae y las turmae de caballería. Como señaló Yann Le Bohec, Europa suministró las tres cuartas partes de las unidades auxiliares permanentes, en especial la caballería pesada céltica, reclutada en primer lugar en la Tarraconense y en la Galia Lugdunense, después en Tracia y Panonia. En las alas de caballería se conservó mejor ese carácter étnico y esto se refleja en ocasiones en sus enseñas militares. No ha aparecido por el momento mención a ningún ala de caballería cántabra -a diferencia de las cuatro documentadas de los astures- pero es evidente que sólo conocemos una fracción de las unidades auxiliares que existieron en realidad. Tenemos además varias alas de caballería hispanas en las que bien pudieron quedar integrados jinetes cántabros con otros hispanos. De la preeminencia que tuvo la caballería entre los cántabros no hay duda no sólo por la importancia religiosa que tuvieron los équidos para ellos (sacrificios de caballos y bebida ritual de su sangre), sino por la existencia de élites ecuestres de tipo celtibérico en época prerromana (representadas por fíbulas de jinete y caballito y los signa equitum con doble cabeza de caballo), por la aparición de bocados de caballo y otros elementos de la caballería, por la noticia de los entrenamientos de sus tropas de caballería y de infantería (Estrabón, III, 3, 7), por las abundantes representaciones de jinetes y caballos en las estelas cantabrorromanas (especialmente entre los vadinienses pero también en otras zonas) y por la existencia entre ellos de concepciones mítico-religiosas como el héroe jinete y la heroización ecuestre.
¿Pudo ser el cantabrum un estandarte que llegó al ejército romano a través de los auxiliares de caballería del norte de Hispania? No disponemos de datos al respecto, pero lo que sí sabemos es que en el siglo II d.C. la caballería romana utilizaba maniobras hípicas de entrenamiento y de combate llamadas “cántabras”: el cantabricus densus (“cantábrico apiñado” o “cantábrico compacto”) (mencionado en la arenga al ejército del emperador Adriano en Lambaesis, Numidia) y la Κανταβρικὴ ἐπέλασις (“Embestida cántabra”, “Acometida cántabra”) o Κανταβρικὸς κύκλος (“Círculo cántabro”), también llamada cantabricus impetus o cantabricus circulus, forma de ataque en círculo que Arriano (Ars tactica, XL, 1-12) indica expresamente que era de origen cántabro: “En esto se realiza una carga cántabra, llamada así, en mi opinión, de los cántabros, de linaje ibérico, que de allí hicieron suya los romanos”. De esta maniobra, utilizada por la caballería auxiliar en las competiciones y exhibiciones de hippika gymnasia con lanzamiento de dardos, me ocupé en su momento y publiqué la primera traducción completa en castellano del texto de Arriano, hecha por mi padre el catedrático de griego Eduardo Peralta Ferrer, y reproducida después por Sabino Perea, que afirma que la saqué de las Fontes Hispaniae Antiquae cuando en realidad de allí lo que tomé fue el texto griego porque no había traducción en el volumen VIII de las Fontes de Roberto Grosse (págs. 295-296). También señalé el parecido de la “Acometida cántabra” con una maniobra de la caballería germana (Tácito, Germ., VI, 3-4), repitiéndolo Perea como de su cosecha.
estela celtíberorromana de Borobia (Soria).
Nationes y symmachiarios cántabros
El camino más probable por el que pudo llegar a introducirse el cantabrum entre los estandartes romanos habría sido otro: hubo un tipo diferente de auxiliares reclutados entre pueblos bárbaros o poco romanizados al menos desde época de Trajano (en la Columna Trajana aparecen germanos, jinetes mauros y sármatas y honderos equipados con su armamento nacional) y que se generalizaron en el siglo II d.C. Eran los llamados numeri, formados por unidades irregulares de symmacharios o nationes. Del reclutamiento de los primeros en el norte de Hispania sabemos por la lápida funeraria del astur Gaio Sulpicio Ursulo aparecida en Ujo (Mieres, Asturias), en la que se indica que su primer cargo militar fue como praefecto symmachiarorum asturum durante las guerras dacias de los siglos I-II d.C. Una unidad de setecientos cántabros a su vez es mencionada por el Pseudo-Hyginio (De munitionibus castrorum, 19, 29, 30 y 43) entre las otras nationes o symmacharios de britanos, dacios, gétulos y palmirenos –aliados eventuales habituales en los campamentos romanos del siglo II d.C.– todos los cuales tenían que recibir las órdenes oralmente (viva tessera) en su lengua autóctona (vocabulo suo) y no por escrito como el resto de las tropas, y que acampaban a su manera no romana tras la retentura rodeados de unidades romanas para tenerlos controlados. Como señala Maurice Lenoir en sus comentarios a la obra del Pseudo-Hyginio, con toda probabilidad conservaban sus armas y estandartes nacionales, sus técnicas de combate propias y posiblemente sus propios jefes.
Otra significativa diferencia respecto a los auxiliares regulares, tal como señala René Cagnat, era que los nuevos reemplazos para los numeri seguían reclutándose en los territorios originarios de la unidad y llevados desde allí hasta el acantonamiento de la misma. Para el caso de los cántabros estas tropas se reclutarían probablemente en las zonas más apartadas de su territorio. A este respecto sabemos por Estrabón (III, 3, 8) que en época de Tiberio las zonas accesibles de Cantabria controladas por los romanos habían recibido el influjo de la cultura de los conquistadores y que habían ido remitiendo sus costumbres y carácter guerrero (es de suponer que alrededor de Iuliobriga, los puertos costeros y en la parte meridional de la Cordillera), pero que en las zonas agrestes donde no llegaban las vías de comunicación ni la presencia romana los indígenas conservaban todavía sus duros modos de vida y sus hábitos guerreros (y por lo que hemos visto por el Pseudo-Hyginio también su lengua).
De todas formas seguimos sin saber cómo era el estandarte denominado cantabrum, que se asemejaría a algunos de los numerosos signa militaria capturados por los romanos entre los despojos de las batallas contra celtíberos y otros pueblos peninsulares durante la conquista de Hispania, como sabemos principalmente por Tito Livio (XXV, 33; XXXI, 49; XXXIV, 20; XXXIX, 31; XL, 32-33, 40, 48 y 50; XLI, 26; XXXI, 49, 7; XXXIX, 31). Los estudios de Jose Manuel Pastor Eixarch sobre las enseñas militares de los hispanos prerromanos recogen la existencia de diferentes tipo de enseñas: Además de los signa equitum rematados en prótomo de dos cabezas de caballo de Numancia y de otras partes, hay estandartes de caballería con remate de jabalí, de ave rapaz y de otros tipos representados en monedas de ciudades celtíberas. Existe igualmente una serie de interesantes denarios del cónsul Coelio Caldo (acuñados por su nieto en el 51 a.C.) en los que a ambos lados de la efigie de este personaje aparecen una enseña gala rematada en figura de jabalí y un vexilo que pende de un travesaño fijado horizontalmente a un asta con dos pequeños discos o faleras y remate muy alargado y puntiagudo; el paño, cuadrado y con un borde inferior con flecos, lleva inscrito HIS(panorum) para evidenciar que no es romano. En el reverso de las mismas monedas hay dos trofeos flanqueando un podio o mesa ornada, uno con armas hispanas y el otro con armas galo-germánicas, alusivos a las victorias de Coelio Caldo durante su pretura en la Hispania Citerior en 99 a.C. y contra galo-germanos (¿cimbrios y teutones?) en fecha desconocida. Entre los trofeos de armamento de los hispanos vencidos de las monedas de Caldo se ve también un escudo circular (caetra) con el emblema astral de cuatro segmentos curvos y circulitos que aparece en las estelas discoideas gigantes de Buelna y Piélagos, y que es muy similar al de los escudos indígenas de las monedas de Publio Carisio conmemorativas de sus campañas contra los astures como legado imperial de Augusto.
El principal objetivo de este tipo de enseñas militares era guiar a
las tropas en la batalla sirviéndolas como punto de referencia para
mantener agrupadas a las diferentes formaciones y unidades durante el
combate, utilizándose igualmente para transmitir las órdenes. Los
vexilos de tela corresponderían teóricamente a la caballería, como
ocurría en el ejército romano, aunque éste también tenía destacamentos
de infantería de las legiones (vexillationes) que los utilizaban.
Como constata Fernando Quesada en su estudio de las enseñas militares,
las representaciones más antiguas de vexilos cuadrangulares son de la
Persia aqueménida (siglos V-IV a.C.) y también los utilizaron los
ejércitos griegos del período helenístico, adoptándolos el ejército
romano ya antes de la época imperial. No se trataba de banderas de
nacionalidad sino de estandartes militares o distintivos de los
generales, y para la época y pueblos que nos interesan normalmente
estaban asociados a divinidades de la guerra. Este carácter sacro de las
enseñas militares, que entre los pueblos bárbaros tenían también un
rasgo de emblema étnico tribal, está bien documentado entre galos y
germanos (César, B.G., VII, 2. Plutarco, Marius, 23. Tácito, Germ., 7, 3), cuyas enseñas principales eran signa
rematados en figura de jabalí u otro animal y vexilos similares a los
romanos: Este tipo de enseñas aparecen en los trofeos del arco de Orange
y en las monedas conmemorativas de las campañas de Druso en Germania,
donde se ve un vexilo germano que encima del paño lleva un creciente
lunar y remate en punta de lanza. De la carga mítico-religiosa que
tenían los estandartes militares de los pueblos bárbaros es buen ejemplo
el del draco con cabeza de lobo de los dacios, representativo de las
fratrías iniciáticas guerreras y del nombre de los propios dacios
(“lobos” o “semejantes a lobos”), tal como estudió Mircea Eliade. Alguna
de estas enseñas bárbaras además fue adoptada por el ejército romano
bajoimperial cuando se formaron unidades de catafractarios equipados
como la caballería pesada acoraza de los sármatas y sasánidas, caso del
estandarte llamado draco.
Sobre los pueblos septentrionales de Hispania disponemos de una
inscripción de Rairiz de Veiga (Orense) –estudiada por Blanca García
Fernández-Albalat– que estaba dedicada por un destacamento militar al
servicio de Roma a una divinidad guerrera galaica: “A Bandua, dios de
los vexilos, socio de Marte”. Se trata de un dios vinculado a las
cofradías guerreras de tipo indoeuropeo de los pueblos del Noroeste, y
los auxilia que le dedicaron el ara probablemente conservaban su carácter étnico e irían mandados por sus propios jefes indígenas, y los vexilla
asociados a un dios autóctono como Bandua serían los de las gentes
reclutadas entre los pueblos del noroeste peninsular. Otro destacado
testimonio sobre los pueblos del área cantábrica procede de Britania,
concretamente del asentamiento militar de Bremenium (High Rochester, Northumberland), donde estuvo acantonada en el siglo III d.C. la Cohors I Fida Vardullorum Equitata Civium Romanorum.
De esta localidad hay dos altares dedicados al Genio y a los
estandartes de la unidad -y de los auxiliares exploradores bremenienses
que la acompañaban como numeri- por los tribunos y el legado que
la mandaron. Una de las aras va decorada con un creciente lunar, dos
cruces gamadas y la representación del vexilo rectangular de la unidad,
el cual ostenta como emblema un aspa cruzada en X.
Un emblema similar al vexilo de los várdulos (aspa cruzada dentro de un rectángulo) lo vemos en el remate de una estela vadiniense de Liegos (Burón, León), cuestión que Juan Manuel Sobremazas fue el primero en constatar. ¿Una representación de un cantabrum?
No podemos saberlo con seguridad, pero en su día planteé la posibilidad
de relacionar al cántabro con este tipo de enseñas del aspa cruzada.
Existen monedas galas en las que aparece una divinidad dominando a un
ser monstruoso: el héroe divino, probable representación del dios del
rayo (Taranis) vencedor del monstruo serpentiforme, que enarbola un
estandarte cuadrado con el símbolo galo de la X (tipo cruz de San
Andrés), emblema que igual que la rueda, la svástica y la doble espiral
entre los celtas simbolizaba a la potencia guerrera que representa el
rayo, según Lefort des Ylouses. Y lo que nos interesa aquí es que
Jean-Jacques Hatt planteó la relación de ese símbolo galo del aspa
cruzada derivado de la rueda de Taranis con los orígenes del Labarum
de Constantino I. ¿Pudo tener algo que ver con esa deidad gala de la
tormenta el Júpiter Cántabro de las monedas de Galieno que se ha
relacionado con el cantabrum?
Un artículo de: Eduardo José Peralta Labrador
Desde la época de la denominada Transición Política se ha ido consolidando en nuestra tierra a nivel popular la creencia de que la bandera llamada “Lábaro cántabro” sería una antiquísima enseña que se remontaría a tiempos de los cántabros, confundiéndola con los motivos geométricos astrales de la estela discoidea de Barros adoptada como símbolo del escudo regional por los gobiernos autonómicos de aquellos años. ¿Pero cuál es el verdadero origen y antigüedad de dicha bandera? ¿Era una enseña nacional cántabra, como algunos piensan?
La asociación ADIC, principal impulsora del reconocimiento oficial de la llamativa y lograda bandera que comentamos, editó en 2007 un tríptico en el que dejaba bien claro que se trataba de una recreación actual puesto que desconocemos cómo era la enseña original de la Antigüedad, y allí diferenciaban perfectamente el estandarte Cantabrum del Labarum del emperador Constantino I. Me consta que gente cualificada como Jose Angel Hierro y Jesús Maroñas asesoraron dicha publicación informativa. El primero de ellos ha recopilado mucha información al respecto y el segundo preparó incluso un interesante trabajo no publicado sobre la cuestión. Como uno de los primeros defensores de esa bandera por su carga simbólica en mis años juveniles, vaya por delante que las líneas que siguen lo que pretenden es reunir los datos disponibles sobre el auténtico Cantabrum y dar respuesta a ciertas incursiones académicas en la materia.
Hace años traté parcialmente en mi tesis sobre el estandarte militar que las fuentes antiguas llamaban Cantabrum, tema del que también se han ocupado múltiples autores con mayor o menor acierto ya desde el siglo XVI. Hay también dos artículos recientes sobre dicha enseña, que son los de 2008 del inolvidable D. Joaquín González Echegaray, y de 2010 del profesor de la Universidad de Murcia Sabino Perea Yébenes. Por mi parte, retomo ahora el tema con algunos nuevos datos para matizar y ampliar lo que anteriormente dije al respecto en mi obra sobre los cántabros aprovechando la oportunidad que Chángel y Quique me brindan de dar a conocer lo que sigue en su blog Proyecto Mauranus, donde el primero de ellos acaba de publicar un riguroso primer trabajo sobre las banderas de Cantabria.
El estandarte llamado Cantabrum
Sabemos por dos autores latinos de finales del siglo II d.C. que existió en el ejército romano una enseña militar denominada Cantabrum, y no Lábaro. Se trata de Marco Minucio Félix (Dialogus Octavius) y de Quinto Florens Tertuliano (Ad Nationes y Apologeticum), apologistas cristianos de cuyas vidas trató en detalle D. Joaquín González Echegaray en su clarificador estudio sobre el cantabrum y el labarum. Ambos se refieren en sus obras a la veneración y al culto que se rendía en los campamentos romanos a las enseñas militares, algunas cruciformes como los vexilos y los cántabros, que describen como paños adornados que pendían de un asta y un travesaño dorados. No dan más información sobre la forma o el color de esos paños colgados o en qué se diferenciaban unos de otros (¿por algún tipo de emblema o la forma de la tela?). Los textos de ambos autores lo que pretendían era hacer ver a los paganos que ellos también reverenciaban a la cruz inconscientemente al rendir culto a los estandartes militares cruciformes. Sus textos, para los que utilizo la precisa traducción de mi colega Jose Angel Hierro Gárate -que innumerables eruditadores informáticos le han copiado descaradamente sin citar- son los siguientes:
Tertulianus, Apologetycum, P. IV, C. XVI, 8
La religión de los romanos venera todos los signa militares, jura por ellos, los antepone a todos los dioses. Todas las imágenes colocadas en los signa son los collares de las cruces; las telas de los vexilla y de los cantabra son las vestiduras (stolae) de las cruces. Alabo [vuestro] celo: no quisisteis adorar a cruces desaliñadas y desnudas.M. Minutius Felix, XXIX
Además ni rogamos ni veneramos a las cruces. Vosotros ciertamente, que divinizáis a dioses de madera, quizá adoráis cruces de madera como parte de vuestros dioses. Pues tanto los mismos signa, como los cantabra, como los vexilla de los campamentos, ¿qué otra cosa son sino cruces enriquecidas y adornadas?Tertulianus, Ad Nationes, I, 12
Además, en los cantabra y vexilla, a los que la milicia guarda con no menor devoción, las telas son los vestidos de las cruces.Otro testimonio que hay que asociar a los estandartes denominados cantabra es la mención en el Códice Teodosiano (siglo V d.C.) de los portadores de las enseñas militares y civiles en las ceremonias y procesiones imperiales, a los que se denomina vitutuarios, nemesiacos, signíferos y cantabrarios:
Codex Theodosianus 14.7.2 (3h), en De Collegiatis
Emperadores Honorio y Teodosio augustos a Liberio, prefecto del pretorio. De igual manera ordenamos que se retiren los miembros de las asociaciones de vitutuarios, nemisiacos, signíferos, cantabrarios y los miembros de los colegios de las diferentes ciudades.Una inscripción votiva de Aquincum (Budapest), asentamiento militar romano de la provincia de Panonia, fue dedicada a Mars Gradivus (“El que marcha”, “El que precede al ejército en la batalla”) por Clodio Celsino, legado de la VII Legión Claudia y de las vexillationes de Moesia Inferior. En esa inscripción del pedestal sobre el que iba la escultura de Marte se conmemora la defensa por los soldados de los estandartes militares del emperador legítimo durante una revuelta en Aquincum, que tuvo lugar en alguno de los episodios de las usurpaciones que se produjeron a mediados del siglo III d.C., y se menciona que se trataba de las enseñas conocidas como vexilos y cántabros: [de vexillis et can]tabris. Presumiblemente la lucha habría tenido lugar en el mismo santuario del campamento donde se guardaban los estandartes militares. De la inscripción se han ocupado Gilbert Heuten, Péter Kovács y por último Sabino Perea.
Recientemente se ha propuesto añadir a esta serie de testimonios otra inscripción votiva de Panonia Superior. Fue encontrada en 1824 en Topusko (Croacia), pero actualmente está desaparecida y se considera falsa. Se interpretó como consagrada a una diosa Cantabria: CANTABRIA / SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN (“Monumento sagrado a Cantabria, sus guardianes”), lectura que dieron cuantos autores me precedieron y que yo mismo recogí haciendo alusión a las serias dudas existentes sobre la autenticidad de la pieza. Sobre ella Perea ha planteado una mueva lectura del epígrafe: CANTABRIS/ SACR(um)/ CUSTO(des)/ EIVSDEN, es decir “Consagrado a los (estandartes llamados) cántabros, sus centinelas”, lo que cuadraría bien con el culto a las enseñas militares y a su custodia en el santuario (aedes) existente en los principia (sede del mando de la unidad y centro administrativo y religioso) de todos los fuertes auxiliares o legionarios. Cabe objetar que la lectura de la primera línea que nos transmiten las publicaciones del siglo XIX claramente es Cantabria y no Cantabris, y que nada podemos concluir con seguridad sobre tan problemático e inencontrable epígrafe.
En la misma zona de Croacia (Colonia Flavia Siscia, actual Sisak) se acuñaron en época de Galieno (segunda mitad del siglo III d.C.) monedas con la leyenda IO CANTAB (Iovi Cantabrorum) en las que la divinidad aparece representada con atuendo militar, fulmen y cetro o báculo (no lanza o estandarte como creía Perea). Gilbert Heuten fue el primero en considerar ya desde 1937 que este dios pudo ser el numen de los estandartes llamados cantabra antes que un Júpiter adorado allí por soldados cántabros, interpretación asumida y ampliada por Lawrence Okamura, para el que las acuñaciones de Siscia dedicadas a un marcial Júpiter de los cántabros (estandartes) serían en agradecimiento a la divinidad que había ayudado a las unidades portadoras de los cantabra (vexillationes) a defender los Balcanes de las invasiones bárbaras y de los usurpadores romanos. Ramón Teja recoge la interpretación de estos autores, pero Sabino Perea, que interpreta igualmente la leyenda monetal en el sentido de “Júpiter de los estandartes llamados cantabra”, olvida citar a todos los autores que plantearon esto antes que él.
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Diploma militar de licenciamiento de época de Domiciano que cita a la Cohors II Cantabrorum destinada en Judea (Museo de Israel), signífero del Ala I Hispanorum con estandarte del que cuelgan peltas metálicas (Museum der Stadt, Worms) y moneda de Galieno acuñada en Siscia con la representación del Iovi Cantabrorum con atuendo militar, fulmen y cetro o báculo (Coinprojet.com). |
Afirmar hoy en día que no hubo guarniciones romanas en Cantabria ni resistencia de los indígenas silenciando todos los campamentos romanos, asedios y castella sobre castros que se han descubierto y excavado en Cantabria, en el norte de Castilla y también en el territorio de los astures es un perfecto disparate y una deliberada tergiversación motivada por cuestiones ajenas a lo científico. Tan sólo una profunda ofuscación puede hacer “olvidar” también que muchos años después de la guerra tres legiones seguían acantonadas en el norte de Hispania para controlar a cántabros y astures (Estrabón, III, 3, 8. Tácito, Annales, IV, 5, 1), y que la IV Macedónica permaneció en el sur de Cantabria durante más de 60 años hasta su partida a Germania en el 43 d.C. Son realidades científicas tan incontrovertibles y sobre las que existe tan abundante bibliografía que no me detendré en ellas.
Los auxilia cántabros del ejército romano y los estandartes
Es perfectamente factible que el
cantabrum se introdujese en el ejército romano del Danubio a través de
las tropas auxiliares reclutadas en Cantabria, como ya consideró Gilbert
Heuten en 1.937 al tratar del monumento de Aquincum. Desde el 49 a.C.
los pompeyanos reclutaron tropas auxiliares irregulares de caballería y
de infantería entre los cántabros y otros pueblos hispanos del norte
(César, B.C., I. 39), pero la integración de los cántabros en las
unidades del ejército regular lógicamente es posterior a la conquista
de Cantabria. Se hizo remontar esas levas de unidades de cántabros a
momentos tan tempranos como el inmediatamente posterior a la conquista
de su territorio, cosa improbable porque para ingresar en las cohortes y
alas auxiliares del ejército regular romano había que tener el estatuto
de provinciales libres (peregrini), y en ese momento cántabros y astures carecían por completo del mismo por ser pueblos bárbaros no integrados en el Imperio.
Si se tiene constancia por Estrabón (III, 3, 8) de la existencia de
levas de cántabros del nacimiento del Ebro y de los territorios
limítrofes desde tiempos de Tiberio (emperador entre los años 14 y 37
d.C.), ya mucho tiempo después de la guerra. Hasta nosotros han llegado
también varios diplomas militares de época flavia de dos unidades de
infantería reclutadas originalmente en Cantabria (se cree que una en
época de Calígula/Claudio y otra en época de Vespasiano), aunque al
licenciarse sus integrantes cántabros al finalizar su servicio militar
terminarían por recibir reemplazos de soldados reclutados en otros
lugares: la Cohors I Cantabrorum (destinada en la provincia danubiana de Moesia Inferior: Bulgaria y Serbia) y la Cohors II Cantabrorum (destinada en Judea).
A partir de la creación de las unidades auxiliares permanentes por
Augusto, las provincias hispanas menos romanizadas (Tarraconense y
Lusitania) aportaron numerosas cohortes peditatae quingenarias de infantería (480 hombres), así como cohortes equitatae (120 jinetes y 400 infantes) y alae
de caballería (512 jinetes), unidades que incrementaban sus efectivos
normalmente hasta el doble si eran miliarias. Dado que estos auxilia
hispanos eran unidades regulares del ejército equipadas a la romana, en
las representaciones funerarias de sus signíferos y portaestandartes se
les ve ostentando armamento y enseñas de tipo romano. Este carácter
romano de las enseñas de los auxiliares de infantería del siglo I d.C.
nos indica que no es probable que el cantabrum llegase al ejército romano a través de estas cohortes del ejército regular.
Caso diferente es el de las alae y las turmae de caballería. Como señaló Yann Le Bohec, Europa suministró las tres cuartas partes de las unidades auxiliares permanentes, en especial la caballería pesada céltica, reclutada en primer lugar en la Tarraconense y en la Galia Lugdunense, después en Tracia y Panonia. En las alas de caballería se conservó mejor ese carácter étnico y esto se refleja en ocasiones en sus enseñas militares. No ha aparecido por el momento mención a ningún ala de caballería cántabra -a diferencia de las cuatro documentadas de los astures- pero es evidente que sólo conocemos una fracción de las unidades auxiliares que existieron en realidad. Tenemos además varias alas de caballería hispanas en las que bien pudieron quedar integrados jinetes cántabros con otros hispanos. De la preeminencia que tuvo la caballería entre los cántabros no hay duda no sólo por la importancia religiosa que tuvieron los équidos para ellos (sacrificios de caballos y bebida ritual de su sangre), sino por la existencia de élites ecuestres de tipo celtibérico en época prerromana (representadas por fíbulas de jinete y caballito y los signa equitum con doble cabeza de caballo), por la aparición de bocados de caballo y otros elementos de la caballería, por la noticia de los entrenamientos de sus tropas de caballería y de infantería (Estrabón, III, 3, 7), por las abundantes representaciones de jinetes y caballos en las estelas cantabrorromanas (especialmente entre los vadinienses pero también en otras zonas) y por la existencia entre ellos de concepciones mítico-religiosas como el héroe jinete y la heroización ecuestre.
¿Pudo ser el cantabrum un estandarte que llegó al ejército romano a través de los auxiliares de caballería del norte de Hispania? No disponemos de datos al respecto, pero lo que sí sabemos es que en el siglo II d.C. la caballería romana utilizaba maniobras hípicas de entrenamiento y de combate llamadas “cántabras”: el cantabricus densus (“cantábrico apiñado” o “cantábrico compacto”) (mencionado en la arenga al ejército del emperador Adriano en Lambaesis, Numidia) y la Κανταβρικὴ ἐπέλασις (“Embestida cántabra”, “Acometida cántabra”) o Κανταβρικὸς κύκλος (“Círculo cántabro”), también llamada cantabricus impetus o cantabricus circulus, forma de ataque en círculo que Arriano (Ars tactica, XL, 1-12) indica expresamente que era de origen cántabro: “En esto se realiza una carga cántabra, llamada así, en mi opinión, de los cántabros, de linaje ibérico, que de allí hicieron suya los romanos”. De esta maniobra, utilizada por la caballería auxiliar en las competiciones y exhibiciones de hippika gymnasia con lanzamiento de dardos, me ocupé en su momento y publiqué la primera traducción completa en castellano del texto de Arriano, hecha por mi padre el catedrático de griego Eduardo Peralta Ferrer, y reproducida después por Sabino Perea, que afirma que la saqué de las Fontes Hispaniae Antiquae cuando en realidad de allí lo que tomé fue el texto griego porque no había traducción en el volumen VIII de las Fontes de Roberto Grosse (págs. 295-296). También señalé el parecido de la “Acometida cántabra” con una maniobra de la caballería germana (Tácito, Germ., VI, 3-4), repitiéndolo Perea como de su cosecha.
Nationes y symmachiarios cántabros
El camino más probable por el que pudo llegar a introducirse el cantabrum entre los estandartes romanos habría sido otro: hubo un tipo diferente de auxiliares reclutados entre pueblos bárbaros o poco romanizados al menos desde época de Trajano (en la Columna Trajana aparecen germanos, jinetes mauros y sármatas y honderos equipados con su armamento nacional) y que se generalizaron en el siglo II d.C. Eran los llamados numeri, formados por unidades irregulares de symmacharios o nationes. Del reclutamiento de los primeros en el norte de Hispania sabemos por la lápida funeraria del astur Gaio Sulpicio Ursulo aparecida en Ujo (Mieres, Asturias), en la que se indica que su primer cargo militar fue como praefecto symmachiarorum asturum durante las guerras dacias de los siglos I-II d.C. Una unidad de setecientos cántabros a su vez es mencionada por el Pseudo-Hyginio (De munitionibus castrorum, 19, 29, 30 y 43) entre las otras nationes o symmacharios de britanos, dacios, gétulos y palmirenos –aliados eventuales habituales en los campamentos romanos del siglo II d.C.– todos los cuales tenían que recibir las órdenes oralmente (viva tessera) en su lengua autóctona (vocabulo suo) y no por escrito como el resto de las tropas, y que acampaban a su manera no romana tras la retentura rodeados de unidades romanas para tenerlos controlados. Como señala Maurice Lenoir en sus comentarios a la obra del Pseudo-Hyginio, con toda probabilidad conservaban sus armas y estandartes nacionales, sus técnicas de combate propias y posiblemente sus propios jefes.
Otra significativa diferencia respecto a los auxiliares regulares, tal como señala René Cagnat, era que los nuevos reemplazos para los numeri seguían reclutándose en los territorios originarios de la unidad y llevados desde allí hasta el acantonamiento de la misma. Para el caso de los cántabros estas tropas se reclutarían probablemente en las zonas más apartadas de su territorio. A este respecto sabemos por Estrabón (III, 3, 8) que en época de Tiberio las zonas accesibles de Cantabria controladas por los romanos habían recibido el influjo de la cultura de los conquistadores y que habían ido remitiendo sus costumbres y carácter guerrero (es de suponer que alrededor de Iuliobriga, los puertos costeros y en la parte meridional de la Cordillera), pero que en las zonas agrestes donde no llegaban las vías de comunicación ni la presencia romana los indígenas conservaban todavía sus duros modos de vida y sus hábitos guerreros (y por lo que hemos visto por el Pseudo-Hyginio también su lengua).
De todas formas seguimos sin saber cómo era el estandarte denominado cantabrum, que se asemejaría a algunos de los numerosos signa militaria capturados por los romanos entre los despojos de las batallas contra celtíberos y otros pueblos peninsulares durante la conquista de Hispania, como sabemos principalmente por Tito Livio (XXV, 33; XXXI, 49; XXXIV, 20; XXXIX, 31; XL, 32-33, 40, 48 y 50; XLI, 26; XXXI, 49, 7; XXXIX, 31). Los estudios de Jose Manuel Pastor Eixarch sobre las enseñas militares de los hispanos prerromanos recogen la existencia de diferentes tipo de enseñas: Además de los signa equitum rematados en prótomo de dos cabezas de caballo de Numancia y de otras partes, hay estandartes de caballería con remate de jabalí, de ave rapaz y de otros tipos representados en monedas de ciudades celtíberas. Existe igualmente una serie de interesantes denarios del cónsul Coelio Caldo (acuñados por su nieto en el 51 a.C.) en los que a ambos lados de la efigie de este personaje aparecen una enseña gala rematada en figura de jabalí y un vexilo que pende de un travesaño fijado horizontalmente a un asta con dos pequeños discos o faleras y remate muy alargado y puntiagudo; el paño, cuadrado y con un borde inferior con flecos, lleva inscrito HIS(panorum) para evidenciar que no es romano. En el reverso de las mismas monedas hay dos trofeos flanqueando un podio o mesa ornada, uno con armas hispanas y el otro con armas galo-germánicas, alusivos a las victorias de Coelio Caldo durante su pretura en la Hispania Citerior en 99 a.C. y contra galo-germanos (¿cimbrios y teutones?) en fecha desconocida. Entre los trofeos de armamento de los hispanos vencidos de las monedas de Caldo se ve también un escudo circular (caetra) con el emblema astral de cuatro segmentos curvos y circulitos que aparece en las estelas discoideas gigantes de Buelna y Piélagos, y que es muy similar al de los escudos indígenas de las monedas de Publio Carisio conmemorativas de sus campañas contra los astures como legado imperial de Augusto.
Monedas celtíberas de Sekaisa-Segeda con jinete que enarbola una enseña de caballería rematada en buitre o rapaz, moneda de Seteisken con enseña (NumisBids-Aureo & Calicó) y signum equitum de Numancia (Museo Numantino).
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Estandartes y trofeos hispano-galos. Denarios del cónsul Coelius Caldus (Roma Numismatics Limited, Sunflower Foundation, Goldberg Coins and Collectibles, Sixbid.com). |
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Vexilos persas decorados en moneda del sátrapa Autofradates y en moneda de Ionia (s. IV. A.C.) (CoinArchives.com). Vexilo romano del siglo II d.C. procedente de Egipto (Museo de Bellas Artes Pushkin de Moscú). Draco con cabeza de lobo y vexillum dacios de la Columna Trajana. Enseñas militares galo-germánicas de los trofeos del arco de Arausio (Orange). |
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Aras de la Cohors I Fida Vardullorum Equitata Civium Romanorum (High Rochester, Northumberland) dedicadas al genio y a las enseñas de la unidad: un Vexilo con aspa en X (Roman Inscriptions of Britain: Romans Inscriptions of Britain 1262 y 1263. |
El Lábaro de Constantino
¿Qué relación tuvieron estos estandartes galos, de la cohorte
várdula y de la representación de la estela cántabra con el lábaro
cristiano del emperador Constantino el Grande? Lábaro es palabra céltica
de origen galo (labaros “hablador, sonoro”), pero por el momento nada permite relacionar claramente a ese nombre ni a ese estandarte con el cantabrum
porque no sabemos cómo era este último, pese a las sospechas que en
este sentido señalaba Reinach (p. 1322, n. 1). Como indicó D. Joaquín
González Echegaray, el lábaro era probablemente una derivación del
tradicional vexillum del dux del ejército. No parece que tenga que ver con el vexillum propio de la caballería, dentro del cual el cantabrum debía ser un tipo específico.
Si parece haber en cambio una relación entre el lábaro y los
estandartes decorados con un aspa cruzada: El lábaro aparece
representado en las monedas de Constantino I y de sus sucesores como
emblema del emperador. Se distinguía de los demás estandartes militares
tipo vexilo por llevar el emblema del Crismón (monograma de Cristo
formado por las letras griegas X y P, primeras del nombre griego
XPISTOS) en forma de remate superior metálico del astil dorado o bien
bordado en oro en el paño púrpura con piedras preciosas que pendía del
travesaño horizontal. De acuerdo a los testimonios de Lactancio (De mortibus persecutorum, 44) y de Eusebio de Cesaréa (Vita Constantini e Historia ecclesiastica),
esta enseña imperial fue adoptada por Constantino antes de la batalla
del Puente Milvio (312 d.C.) contra su rival Magencio tras tener una
visión –en la Galia o la noche precedente a la batalla– que le anunció
la victoria si adoptaba ese símbolo, por lo que hizo que sus soldados lo
pintasen en los escudos. Venía a representar la adopción del
cristianismo como nueva religión oficial (pese a que el emperador seguía
siendo pagano en este momento). El Labarum no sería sino el vexillum imperial de color púrpura portado por los bucellarii
(tropa de élite de la guardia a caballo del emperador) al que
Constantino únicamente añadiría el Crismón dorado, de acuerdo a los
estudios sobre esta enseña (Reinach, Rostovtzeff, Quesada, González
Echegaray).
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Lábaros de Constantino I, Valentiniano I y Valente, y estandartes imperiales con aspa cruzada tipo cruz de San Andrés de Gordiano, Valentiniano I, Constantino II y Constantino III (CoinArchives). |
El símbolo del Crismón elegido podría ser una cristianización
de la rueda solar y de la tormenta del dios Taranis que el emperador
habría visto en la Galia en el santuario de Grand, tal como planteó
Hatt, autor que también señaló que la mayoría de las tropas de
Constantino eran de origen galo. En todo caso, la relación del lábaro
con la enseña tipo vexilo decorada con un aspa cruzada al modo de una
Cruz de San Andrés está atestiguada en monedas de Graciano, Valentiniano
I, Constantino II, Constantino III y Honorio en las que se ve al
emperador sujetando dicho estandarte, mientras que en otras monedas de
los mismos emperadores éstos empuñan un lábaro con el Crismón o ya con
una cruz cristiana.
Las descripciones del lábaro de que disponemos, que doy a
continuación con las traducciones que me ha proporcionado Jose Angel
Hierro Gárate, son las siguientes:
Eusebio (Vita Constantini, Lib. I)
Capítulo XXXI: descripción del estandarte de la Cruz, al que los Romanos ahora llaman “Labarum”. Ahora estaba hecho de la siguiente manera. Una larga lanza, revestida de oro, formaba la imagen de la cruz por medio de una barra transversal colocada sobre ella. En lo más alto del conjunto fue fijada una corona de oro y piedras preciosas; y dentro de ésta, el símbolo del nombre del Salvador, dos letras indicando el nombre de Cristo por medio de sus iniciales, la letra P cortada por la X en su centro: y estas letras [son las que] el Emperador tuvo costumbre de llevar en su casco en un período posterior. Del travesaño de la lanza estaba suspendido un paño, una prenda real, cubierta con un profuso bordado de las más brillantes piedras preciosas; y el cual, estando también ricamente entrelazado con oro, presentaba un nivel indescriptible de belleza al espectador. Este estandarte era de forma cuadrada, y el asta vertical, cuya parte de abajo era de gran longitud, sostenía un retrato dorado de medio cuerpo del pío Emperador y de sus hijos en su parte superior, bajo el trofeo de la cruz e inmediatamente encima del estandarte bordado.
Aurelius Prudentius (Contra Symmachum, Lib. I, 464-466)
(...) es necesario, Reina, que admitas de buen grado mis estandartes, en los que refulge la imagen de la cruz, hecha de piedras preciosas o de oro macizo y colocada en lo alto de las astas.
Aurelius Prudentius (Contra Symmachum, Lib. I, 486-487):
Cristo, tejido en oro resplandeciente, marcaba el Lábaro purpúreo.
La creación del “Lábaro cántabro”
La confusión moderna del cántabro con el lábaro es obra de
numerosos eruditos ya desde el siglo XVI. En el capítulo XIX de su obra La Cantabria
(1768) Enrique Flórez se ocupó de lo absurdo de esas elucubraciones que
pretendían que el cántabro y el lábaro eran lo mismo, que el estandarte
habría sido copiado nada menos que por el emperador Augusto, y que
además llevaría representada supuestamente una cruz que ya se adoraba
antes del cristianismo, cuestiones sin fundamento planteadas por los
antiguos tratadistas a las que aludió igualmente D. Joaquín González
Echegaray en su trabajo sobre el estandarte. Tales interpretaciones,
plagadas de tergiversaciones y carentes de rigor, partieron
principalmente de tratadistas del País Vasco que sostenían que los
vascos eran los descendientes de los cántabros, y que situaban en su
región el origen del estandarte que allí terminaría por identificarse en
época moderna con la svástica de cuatro brazos con cabeza patada o
engomada -símbolo tradicional del arte popular vasco documentado ya
desde la Edad del Hierro en el poblado alavés de La Hoya- a la que pasó a
denominarse Lauburu para así darle un origen vascuence al lábaro
(haciéndole derivar del vasco lau “cuatro” y buru
“cabezas”), cuestiones desmontadas por Amancio de Urriolabeitia en su
trabajo sobre “El Lauburu”. A este respecto en el siglo XIX Aureliano
Fernández Guerra también planteó en su obra Cantabria (1878) que el cantabrum habría llevado como emblema central el símbolo de la svástica o cruz gamada, representación del rayo.
La recreación del “Lábaro cántabro”, curiosamente, no es obra de
los cantabristas modernos, sino de eruditos del siglo XVII y finalmente
del Ejército Español. Debo estos datos a Chángel: a mediados del siglo
XVII Rodrigo Méndez de Silva, escritor hispano-portugés judaizante que
pasó por ciertos desagradables desencuentros con el Santo Oficio y
prefirió un más confortable exilio italiano, ya sostenía en 1645 (Población General de España,
p. 186) que el “Lábaro cántabro” tenía como emblema el aspa en X,
considerando como la mayoría de los autores de su tiempo que los
vizcaínos eran los descendientes de los cántabros y que el emperador
Augusto les copió ese estandarte. Por su parte, en 1681 el sacerdote
Francisco Sota (Crónica de los príncipes de Asturias y Cantabria,
p.39) repitió la misma idea de que la “Cruz Cántabra” era el aspa en X
que habría adoptado Augusto para su estandarte imperial llamado
“Cántabra”, añadiendo otras pintorescas insensateces como que los
cántabros adoraban a la cruz porque la Sibila les advirtió que así lo
hiciesen, y que morían por ello en la fe del Cristo Venidero.
Tales interpretaciones encontraron eco porque cuando en 1715 se
creó, a partir del “Tercio de Guipúzcoa”, el “Regimiento de Infantería
Cantabria” éste recibió como emblema el aspa cruzada en negro sobre
fondo blanco, al que se llamó “Lábaro cántabro”. La unidad lo ha paseado
en sus banderas en todas las campañas y batallas en las que ha
participado desde entonces. En el siglo XIX la “División Cántabra” de
Porlier también utilizó una bandera similar en la guerra contra los
franceses, y en la actualidad sigue siendo el emblema del “Batallón de
Infantería Mecanizada Cantabria”.
Durante la transición política de mediados de los años 70 del siglo
XX Luis Angel Montes de Neira, de la asociación Cantabria Unida,
replanteó el tema recogiendo parte de las anteriores interpretaciones de
diversos eruditos localistas y diseñó y difundió con notable éxito el
moderno “Lábaro cántabro”. En él mezcló las noticias sobre los colores
del Lábaro de Constantino, como los que le precedieron aplicó a su
reconstrucción el nombre del pabellón imperial en vez de respetar el
nombre original de cantabrum, estampó en un primer momento en él
dos cenefas de cruces en los bordes del paño basándose en malas
traducciones de los textos de Tertuliano y Minucio Félix, y finalmente
colocó como motivo central el llamativo emblema astral de la estela
funeraria de Barros, un símbolo realmente antiguo y singular de la
epigrafía cantabrorromana pero que nada autoriza a asociar con el
estandarte cántabro. Montes de Neira afirmaba además que el estandarte
de tela de Cantabria era el más antiguo de este tipo del Mundo, lo que
desmienten numerosos testimonios (vexilos persas y de otros pueblos).
La conclusión no puede ser más clara: Ni el auténtico estandarte
cántabro se llamaba Lábaro, ni hay evidencia de que llevase el emblema
astral de las espléndidas estelas funerarias cantabrorromanas de Barros,
Zurita o Lombera, ni lamentablemente sabemos de qué colores o forma
era. La bandera púrpura inapropiadamente denominada “Lábaro cántabro” es
comprensible que pueda gustar estética y sentimentalmente a mucha gente
joven legítimamente orgullosa del pasado de su tierra (como le pasó al
que suscribe), pero no podemos olvidar que no deja de ser una invención
contemporánea cuya gestación ellos no vivieron.
Lo que sí puede defenderse, como se ha visto, es que en el ejército
romano existió al menos desde el siglo II d.C. un estandarte militar de
tela llamado cantabrum relacionable en su origen con las unidades auxiliares cántabras reclutadas por Roma, especialmente con los numeri de nationes y symmachiarios
de este origen, y que es incuestionable que la caballería romana
utilizaba maniobras originarias de los cántabros y de otros pueblos como
los galos. En cuanto al Lábaro imperial constantiniano éste tiene una
estrecha relación con los vexilos del emblema del aspa cruzada, lo que
nos lleva a plantearnos algunos interrogantes sin respuesta por el
momento: ¿Acertaron de todas formas, pese a no haber aportado argumento
racional ni dato coherente de ningún tipo, los inventivos tratadistas
que lo identificaron con el aspa en X? ¿Tienen algo que ver con el Cantabrum las enseñas galas con la X y la rueda de Taranis que pudieron dar origen al Lábaro de Constantino? Parece que el numen del Cantabrum se niega a dejar de ondear y sigue eludiendo todas nuestras pesquisas.
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sábado, 21 de noviembre de 2015
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